El Campamento de Fútbol

    Si, aún lo recuerdo como si fuera ayer. Limpiaba con entusiasmo los viejos y raídos zapatos de fútbol, y no, no crean que era cualquier tipo de zapatos, estos me lo habían comprado mis abuelos en una de esas navidades inciertas en que no sabes que te van a regalar. Oh, mi viejo abuelo Octavio, quien siempre fumaba su pipa cerca de la radio para escuchar los vibrantes partidos del equipo de la ciudad. Aunque mi abuela, Mariana, le pedía que bajara el volumen, siempre el desgastado equipo eléctrico, se desplazaba por la fuerza de las ondas que salían del parlante. 

     El viejo sabueso a los pies de mi abuelo, jamás lo vi tan siquiera parpadear con la llegada de cualquier extraño, siempre estaba con mucho sueño, incluso cuando le correspondía aproximarse al viejo platón para consumir los restos de comida que mi abuela le colocaba. Siempre mi abuelo decía que algún día llegaríamos al primer lugar. Era un equipo que del sótano de la clasificación no salía. El milagro era que jamás descendió de categoría pero tampoco llegó a jugar una final.

    La visita de aquel hombre de sombrero de alas anchas, fue memorable para mi. Lo había estado observando llegar a la cancha de la Escuela, donde cursaba el quinto grado. A punta de ganas, mis compañeros del equipo más popular del pueblo, sin uniforme de lujo ni zapatos de marca, entregábamos todo en la cancha y nos manteníamos en el primer lugar. Muchos decían que era porque yo era el alma y corazón con los goles que lograba realizar en el marco rival. Sea cierto o no, ese hombre misterioso había llegado una semana y no dejaba de mirarnos todas las tardes al salir de la Escuela, en los juegos que se desarrollaban emulando campeonatos mundiales de Fútbol. 



      Esa mañana del sábado, jamás la olvidare. Se acomodo su sombrero y preguntó por mis padres, mientras continuaba embetunando mis zapatos. Mi abuela salió al paso y saludo al forastero. Éste deseaba hablar con ella y con mi abuelo. Lo hicieron pasar a la sala y casi no se podía escuchar lo que hablaba, pero mi abuela comenzó a llorar y mi abuelo la consolaba. Parecía que era una mala noticia. El hombre salió y me coloco su mano izquierda sobre mi cabeza y se alejo con una sonrisa en su rostro. No hubo más comentario al respecto hasta que llego la hora de la cena.

        Mi abuelo un poco ceremonioso me preguntó cuanto amaba el fútbol, y con una sonrisa picaresca le dije que mucho. Mi abuela me preguntó si más que a ellos, y eso me desconcertó y rápidamente les dije que no era asi, que a ello los amaba más, pues realmente eran mi única familia desde que mis padres fallecieron en un accidente cuando tenía tres años de edad, y mis abuelos se hicieron cargo de mi. Mi abuelo tomó mi mano derecha y mirándome fijamente repuso que no cuestionaban el inmenso amor que yo les tenía, pero que si deseaban reafirmar todo el amor que ellos tenían a mi, al punto de pensar en lo que era mejor para mi.
Se imaginaran que aún no lograba comprender de qué se trataba todo aquello y tal vez involuntariamente para adelantar lo que pretendían decir, tome un poco de leche y pregunté si pasaba algo.  Mi abuela miró a mi abuelo y éste le respondió con una sonrisa y me dijo, hijo, la fortuna te ha sonreído.


       Al día siguiente, me encontraba caminando al lado de mi abuelo y una pequeña maleta, que habían cuidadosamente limpiado en la oscuridad del amanecer y él tiernamente me tomaba de la mano, hasta que llegamos al final del pueblo y nos sentamos a un lado de la carretera. A los pocos segundos, aquel extraño con sombreo de alas anchas, apareció. Saludo a mi abuelo y tomo mi maleta. Mi abuelo se enderezo para decirme, que jamás olvidara mis orígenes y que siempre luchara por mis sueños. Ahí comprendí que aquello era una despedida y le apreté la mano. Delicadamente él se soltó y aguantando el llanto se fue caminando, por lo que me dispuse a seguirlo pero el extraño me sostuvo y me dijo que ahora él me cuidaría. Traté de soltarme mientras le gritaba a mi abuelo que volviera. De repente, apareció el autobús  y ambos subimos. Fue la última vez que vi a mis abuelos.


         Llegamos a la ciudad, y el extraño me llevo a un barrio, propiamente a un edificio de apartamentos habitacionales, donde la gente pobre se aglutinaba. Toco a la puerta de un apartamento del tercer piso y una señora embarazada me sonrió y al traspasar el umbral me di cuenta que aquel lugar sería mi nuevo hogar. Habían como cinco niños pequeños, un hombre gordo en pantaloneta viendo televisión y la cocina estaba muy sucia. El extraño le entregó algo de dinero a la señora y después de decirme que vendría por mi al día siguiente se marchó. La señora me guió al final de un pasillo donde había una pequeña escalera que llevaba a una especie de mini desván  Ahí ya se encontraba un colchón viejo cubierto de una sábana y el resto del espacio ocupado por paquetes y cajas con documentos y diversos papeles. Una ventana del tamaño de mi cabeza, permitía que la luz del sol alumbrara mi nuevo hogar.

            Me senté a llorar por mi actual situación sin comprender por qué mis abuelos me habían entregado a aquel extraño. La señora embarazada me llamó a cenar. Los niños estaban en el suelo con unos tazones de sopa de algo cuyo contenido ignoraba que era. Ella me entregó uno similar y como estaba un poco caliente, lo soplé mientras el hombre gordo se reía a carcajadas por algo que veía en el televisor. La única ventana que estaba en la sala, se encontraba en tal posición que permitía observar abajo el callejón entre los edificios. Esa noche no dormí bien.

    La luz atravesó el cristal de mi pequeña gran habitación, en el instante que la señora me llamaba para desayunar. Tenía que hacer fila para utilizar el único sanitario común en el pasillo del piso y luego esperar que hubiera agua para bañarme, porque según me dijo Tony, uno de los niños, el vital liquido escaseaba por semanas. Pues gracias a Dios, ese día pude bañarme. El avejentado señor Waldorf, un inglés que vivía en el mismo piso del departamento 302, golpeaba con su bastón la puerta para que me aligerara. El raquítico jabón que la señora me dio, no alcanzaba para todo mi cuerpo y sin querer se me resbalo de las manos y se fue por desaguadero. Me asusté, pero no podía remediarlo. Me vestí  en instantes que llegaba el extraño, por lo que no pude desayunar.

       En un taxi, llegamos a un viejo edificio abandonado. Se podía escuchar los sonidos de un silbato en su interior. Alborozado me di cuenta que al menos cien niños se encontraban en lo que fue una pista de hielo, jugando fútbol. Un fornido hombre de casi dos metros salio a nuestro encuentro y le preguntó al extraño si yo era el niño recomendado. Aquel asintió y el gigantón me ordenó colocarme los zapatos de fútbol. Corrí inmediatamente a calzarme y en un santiamén me fui a la pista. Ahí  quien parecía ser el director, un hombre moreno de aspecto grácil  tenía en su camiseta colgado el silbato. Me dio la bienvenida y me dijo que escogiera un equipo. Volví a ver al campo y ahí estaba Christopher, el niño estadounidense, un poco más alto que yo, sonriendo y haciendo gestos para que me les uniera. Así lo hice.


       Cada equipo era de por lo menos veinte niños. Imagínense, cuarenta niños disputando un pequeño balón. Y otros dos equipos esperando turno. Entre Christopher y yo, hicimos diez de los quince goles con que ganamos al equipo verde, completamente de mejicanos. Mientras celebramos el triunfo, sentí un fuerte golpe en el lado derecho de mi espalda. Un niño moreno me había lanzado una semilla de alguna fruta. Fui hacia él a reclamarle. Pertenecía al equipo rojo. Christopher me detuvo. Aquel niño no dejaba de sonreír gozando por su broma. Por cuestión del destino, su equipo fue el último en enfrentarse con nosotros, los azules.

          Yo era el delantero y Christopher, el medio campo, pero aquel niño rival, era el mejor defensa que había visto. Se nos hacía difícil lograr un pase a gol, ni menos mantener el control del balón, pero lo cierto es que tampoco a él se le hacía fácil lograr su cometido. Al final ganamos pero con menos goles que con los otros dos equipos restantes. El director estaba feliz con nosotros los azules. Nos reunió a todos y nos dijo que en esa semana se definiría los cupos para enviar a diez de nosotros al campamento de fútbol auspiciado por una empresa brasileña. Esa noticia fue lo mejor que había escuchado desde mi separación de mis abuelos. Sentía que por primera vez podría estar camino al fútbol profesional. Seguro mi rostro de felicidad asustaba al resto de los niños porque Christopher, me dijo que cerrara la boca.

            El extraño que se había quedado todo ese rato se entrevistó con el gigantón  y éste algo le dio en una bolsa y esa al menos fue la última vez que lo vi. Luego el gigantón habló con el director y éste me observaba cada vez que aquel me lanzaba unas miradas electrizantes. Luego el Director se me aproximo y me dijo que desde ese día sería mi niñera para pasar a recogerme durante esa semana a mi casa y llevarme y traerme al campo de juego. Me sentí feliz que al menos estaría regresando a lo que más me apasionaba. Christopher, se despidió de mi, contento de que seríamos compañero de equipo. El otro niño moreno, me lanzo nuevamente una semilla, que pude esquivar y mientras se iba con los demás me grito un "suertudo" de despedida esbozando una sonrisa en la cara. Su acento era diferente.

             Los días transcurrieron, y entre los juegos y las noches en los peldaños de la escalera del edificio de apartamentos, jugando con los niños de la señora, o a veces, escuchando las historias de don Waldorf como comandante de la flota aérea de Inglaterra en la segunda guerra mundial, llegó finalmente el sábado, día en que se debía anunciar a los diez afortunados que viajarían al tan anhelado campamento de fútbol. Será por cuestión del destino o una fuerza extraña que rige el universo, en la fila de adelante sentados en el suelo estábamos Christopher, mi rival y yo, frente al Director, mientras anunciaba los nombres de los candidatos, entre los cuales precisamente nosotros tres habíamos sido incluidos.

             Me llamo Carlos, pero dime Coyote, me dijo finalmente aquel niño. Es nicaragüense  agregó Christopher, en alusión a la nacionalidad de Coyote. Yo le dije, ¿en serio?, casualmente somos vecino. Soy de Costa Rica, le dije a ambos. Carlos, me preguntó mi nombre, y solo me limite a decirle Pepe, tal y como me llamaban mis abuelos. Quien se imaginaría que desde ese día iniciaría una gran amistad entre los tres y muchas aventuras hasta el final de nuestros días. El domingo muy temprano, en un pequeño bus, los diez salimos hacia Puerto Vargas, al campamento de fútbol, cuya duración de un año, con todos los gastos pagados, sería la gran oportunidad de que solo unos pocos fueran convocados por equipos de primera división del país, e incluso jugar internacionalmente en las categorías infantil o juveniles.

            Finalmente llegamos, después de subir varios cerros y bajar aquellos valles. Lo primero que se podía  ver era una majestuoso estado de fútbol, muy parecido al Maracana. Mis ojos aumentaba ante su majestuosidad. La buseta directamente se fue hacia las cabañas, cruzando un lago azul, donde las nubes se reflejaban en sus mansas aguas como si fueran motas de algodón. Bajo unos árboles no detuvimos, y el Director, nos condujo luego de que tomáramos nuestro equipaje hasta la cabaña 23, con cuatro literas y dos camas. Rifamos las camas, y Christopher y yo, tuvimos la suerte de ganar los volados, ante el enojo de Carlos, quien se tuvo que conformar con utilizar el nivel superior de la litera con la letra C, al lado de la ventana este. Nos invitaron al gran comedor, donde al menos cien niños sentados esperaban se sirviera la cena.

             Fu man chu, apodo que le pusimos al regente del campamento, de origen oriental, nos dio la bienvenida e insistió en la importancia de haber sido elegido por nuestros directores, que eran pocos los que podían ser aceptados en ese campamento pero que una vez ahi las oportunidad de vestir el uniforme de algún gran equipo, estaba garantizados, gracias al torneo de fin de año que reunía a los mejores de todo el mundo a ese minúsculo lugar apartado de todo y donde los caza talentos llegaban de todas partes para elegir a los mejores. Cada palabra de Fu Man Chu, eran música celestiales a mis oídos. Me transportaron de pronto a saborear las mieles del éxito y entre sueños, llegar victorioso con la copa mundial a casa de mis abuelos.


              Se sirvió pollo asado y patatas, pero tan poco que deseaba repetir con el hambre que me tenía. El campo si que abre el apetito, pero en vano mis ruegos no fueron escuchados y nos fuimos a la cama con ese hambre que gruñía mi estomago. Carlos, todo bravucón le había quitado parte de la cena a un niño más escuálido y se lo había llevado a la cama evitando que lo viéramos  Para no acusarlo, accedió a compartir un poco, mientras Christopher lloraba del hambre. No quedo más remedio que dividir una vez más aquel despacito de pollo con él. Al final, siempre quedamos con hambre pero sonreímos ante la travesura. Ese fue nuestro primer día en el CAMPAMENTO DE FÚTBOL.
    

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